El pobrecito
hablador
Erase una vez
un viejo país
sumido
en el atraso,
y un pobrecito hablador,
que hizo de su palabra
un látigo,
y de su pobre vida
una condena,
y juntos,
por él
iban,
los dos de la mano,
como ciegos,
a bastonazos,
amor y pena…
amor,
por el amor,
y pena
por un país
imposible y penoso…
Y
convengamos,
siquiera
en esto,
como consejo,
qué
en este mundo,
la vida de un romántico,
es
una atormentada
forma de vivir
y, una manera triste
de no llegar a viejo…
Ese fatídico día,
Fígaro tenía ante sí
las cartas
devueltas por su amante
y, tal vez, pensó,
“es la hora de marcharse”,
no sabemos
si la pistola,
estaba ya cargada
o la cargó en ese momento,
si le tembló el pulso
o no,
poco importan ahora
esos detalles,
carecen de importancia,
porque,
cuando un hombre se enfrenta
a solas con la muerte,
siempre deja dudas
y fundadas sospechas…
Lo único cierto,
fue el disparo,
el cuerpo tendido
de Larra
entre las patas de la mesa,
y un agujero de bala
casi imperceptible,
que lo hizo marcharse
de este mundo,
pulcramente,
casi
sin mancharse la ropa.
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