Atila
Decían
sus enemigos
que
donde “Othar
el
caballo de Atila,
pisaba,
no
volvía a crecer la hierba”,
tal era
el pánico que le tenían
sus
enemigos
al hijo
de Mundzuk.
El gran Atila,
era un fiero guerrero,
fuerte,
de ojos oblicuos
y torva mirada,
venido con su raza,
los hunos,
de los confines de la tierra…
Un día aparecieron…,
las cabezas
de sus pequeños caballos
surgiendo campo a través,
como la lluvia,
entre la olorosa salvia,
y los blancos jaramagos,
las rojas amapolas y el lampazo,
venían
saltando como delfines
sobre la hierba,
deslizándose
blandamente,
entre los brazos azules de la tarde…
Las fieras hordas
llegaban saqueando las aldeas,
los hunos mataban...
Atila asustaba, sembraba el terror...
Las fieras hordas
llegaban saqueando las aldeas,
los hunos mataban...
Atila asustaba, sembraba el terror...
¡El Bárbaro, Atila!
Murmuraban en el senado,
patricios
de inmaculada túnica:
¡Ese salvaje,
esa rata de rivera,
viene
harto de leche de yegua
en su cuenco de madera…,
y el muy osado,
cada vez más,
nos cerca con su maroma,
y exige al imperio
tributo en oro,
y mientras lo arrasa todo,
sigue imparable hacia Roma!
Lo llamaban Bárbaro
y Atila lo era,
esa era su terrible
forma de avanzar,
de abrirse camino,
de llenar la barriga de sus hordas…
Lo llamaban Bárbaro,
aquellos nobles patricios,
ciudadanos sensatos,
hombres dóciles
de frente altiva y manos delicadas…
Lo llamaban Bárbaro,
unos hombres pacíficos,
que iban de continuo al Coliseo
a ver barbaridades…
a ver los gladiadores,
o la lucha con las fieras,
el crimen,
la crueldad reglada por las leyes del imperio.
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